Debido a las interveciones del Pica, Gonza y Winny de la semana pasada, la propuesta de Juan- de ensayar algo sobre lo que venimos trabajando- tomo otro rumbo en mi escritura. A tal punto se conforma en otras coordenadas que me fue necesario desechar lo que escribí…
¿Por qué desechar un archivo? Un principio de respuesta refiere al hecho mismo de reconocerse como extraño en situación. Extraño ya que algo de mi no deja empeñarse a la posibilidad de caer en la nada. Con esto me refiero a un primer momento en que el afecto es considerado como exterior, donde el afecto es considerado por el yo como un objeto sujeto a la pérdida; a un primer momento en donde se siente un alejamiento de los bordes que posibilitarían una afectación. Y, paradójicamente, reconozco la existencia de una captura lógica que reconoce en todo momento a un yo que reconoce en todo momento a un yo, y así, interminablemente: “un nombre que no deja de llamarse en el presente continuo, un ortónimo”.
Aquí un momento de quiebre, tanto de articulación como de posición.
Y aquí encuentro algo de voluntad en el proceso de impresión éxtimo; o sea, quizá el desecho no es una eliminación radical sino un detenimiento de una línea de pensamiento. Línea que al ser valorada como improductiva, deja de ser un camino por el cual seguir. Y ésto, no podemos negarlo, es un reflejo de cierta voluntad: voluntad de no reincidir en los registros menos elaborados que tengo y que se presentan al alcance por su alejamiento de la afectación.
¿Qué quiero decir con esto? Para explicarlo, me baso en la nociones que vamos desarrollando de espectro y espectralidad.