Después de nuestras últimas conversaciones llegué a este pensamiento: “no existen modos de entender las relaciones sino por lo que ellas generan; es por ello, que necesito partir desde las huellas, entendiéndolas aquí, como el efecto de toda relación libidinal”.
Fue así que se me volvió necesario distinguir el testimonio del testamento. Sé que el testimonio se ha desarrollado en abundante bibliografía, por ende, para esquivar ciertos lugares comunes, decidí comenzar por el testamento.
En principio, una aclaración: “el testamento, aquí, es un modo de relación con la huella”.
Siguiendo esta idea, mi modo de relación con él no ha sido más que a través de tres de sus elementos: “el soporte, el agente y el destinatario”.
Su soporte es un documento escrito de “última voluntad” que goza de autoridad legal.
Su agente es “la palabra viva o en vida” de alguien que, de no estar muerto, esta muriéndose. Es, digámoslo sin rodeos, su última palabra.
Su destinatario es el receptor de la herencia, de las palabras, de los bienes, de las imágenes…de los asuntos. No es alguien menor sino que es aquel que se ocupara de mantener viva la palabra del muerto, con el peligro que esto conlleva.