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Reunión de consignación: exponerse, provocar y recuperar.

Mayo 15, 2008 · Deja un comentario

01. Inicio del juego

“…necesidad de convertir el lenguaje reflexivo. Debe girarse no hacia una confirmación interior (hacia una especie de certeza central de donde no pudiera ser desalojado) sino más bien hacia un extremo donde le sea preciso discutirse siempre: llegado al borde de sí mismo, no ve que surja la positividad que lo contradice, sino el vacío en el que va a borrarse” (El pensamiento del Afuera, Michel Foucault).

Si estamos hablando, con el Foucault del Pensamiento del Afuera, que hay una necesidad de convertir el lenguaje reflexivo- en tanto debe girarse no hacia una “confirmación interior” o hacia un “atributo de sí” sino hacia una exposición extrema, hacia los extremos de sí si no hacia los límites o umbrales de sí-, no podemos más que afirmar que las nuevas formas de vivir se disponen hacia una liviandad expositiva y, por ende, hacia problemas permanentes de delimitación.

Aquí, en estas nuevas existencias, la experiencia de montaje e intensificación de sí- es decir, la experiencia de subjetivación- no es si no una experiencia de extralimitación. Aclaro que cuando decimos “extralimitación” no estamos hablando de contravención ni de subversión sino, por el contrario, de un movimiento de presión en nuestros umbrales, de un movimiento de tensión de nuestros límites actuales hasta una hiperintensificación que no nos garantiza conservación e integridad; a eso, siendo rigurosos, lo denominamos: “forma de vida cinética xenopática”.

Y como xenopática que es, trae consigo lo que conocemos como sofocación y temblor, o en criterios diagnósticos contemporáneos, “el burnout y el panic attack“. ¿La sofocación? Sí, la sofocación es un ejercicio de extralimitación, de presión sobre los límites de cada cuerpo:

“Bajo la consigna neurótica de “¿qué puede un cuerpo?”, cada experiencia singular se pone a tensar los límites de sí, “¡¡¿¿qué puedo??!!¡¡¿¿hasta dónde, hasta dóoonde más, máaaas, máaaaaaaaas..???!!!”

Y así, alcanza a cortar, no por motu propio, sino porque el límite de sí- ese que no reconoce ni recuerda- retorna recordándole que ha superado sus umbrales de posibilidad. Corta, sí, pero sólo porque su propio límite se lo recuerda y sólo por esa vez, porque como lo habrán advertido, se trata de un ejercicio insistente de extralimitación: “Hoy se sofocó…pero mañana…lo volverá a hacer, si puede, claro, si le da el cuero”.

“No pueden parar, eso franquea toda restricción, no pueden, se queman, se pasan de vueltas, se hiperestimulan hasta cepillarse y anestesiarse. Sí, cepillarse y anestasiarse, no una o la otra”.

Lo gélido y lo candente en simultaneidad, de tal suerte, pueden oficiar como “microclimatología corporal del proceso cinético xenópático“. ¿Qué tanto puede un cuerpo cuando ya no puede limitarse, cuando ya no encuentra donde amarrarse? Todo eso, y otras derivaciones que debemos preguntarnos y que intentaremos indagar y relevar.

El temblor y la sofocación son, así, dos de los estados tónicos que hacen las veces de corte. Como verán, no existe, en estos casos, ni voluntad de corte ni nada semejante a eso que conocimos como subjetividad. Y de haberlo, la hay en la propia extralimitación, en la propia descarga luego de hiperintensificar hasta sus límites al cuerpo, en fin, en la hiperventilación que retorna desde lo real del cuerpo propio comunicándonos que “ya no dá más.

Aquí, como habrán podido advertir, no habría ninguna formación que pueda arrogarse la propiedad “admnistrativa y/o económica” de su cuerpo, pues, de haberla, supongo que decidiría el corte y la conexión de manera más económica: “hiperinflación de intensidades conectivas y deflación de la gestión de las mismas”.

02. Entre la letra sólida y el montaje/diseño.

“Escribir una historia de la escritura

asumiendo la encarnadura del propio

escritor en su obra, asumiendo que escribir

es escribir-se” (Jacques Derrida).

Estamos muy acostumbrados a pensar la inscripción, la huella o la impresión como algo estático, como una forma estable e inalienable. Así, no podemos pensar la permanencia, la duración, sin la “inalterabilidad de la huella”. Para nosotros duración e inalterabilidad son sinónimos, ni acaso, ¡¡son lo mismo!! Para esta hipótesis no habría duración sin inalterabilidad, o lo que es lo mismo, la permanencia existe por la inmutabilidad de la impresión. ¿Habría, quizás, alguna otra manera de pensar la duración? ¿Podremos desligarla de ese relicto occidental de pensar a las formas como algo acabado?

“Ya el pensamiento premetafísico conoce una especie de ontología del límite, que va estrechamente unida a una ética de la defensa. Aquí aparece a la vista un concepto preterrritorial del límite en el que se percibe siempre un permanente drama de delimitación. La interpretación premetafísica del mundo dispone de una concepción “ontológico-guerrillera de la existencia”, como ofensiva y defensiva. Aquí no existe aún ninguna enmarcación o delimitación del todo, dentro de la cual cada particular ocupa su lugar bajo un logos dominante. Realidad es, más bien, una palestra compuesta de psicodramas, una oscilación de escaramuzas cinéticas y erógenas. En un mundo así descrito no puede haber aún ningún depósito central del saber, interesado en generalizaciones. Desde la aparición de las imágenes metafísicas del mundo, hace dos mil quinientos años, el asunto de los predecesores del sistema de inmunidad pasa de las manadas de fuerza combatientes a almacenarse en un ámbito interior de vivencias, que comienza a describirse con el nombre de psyche. Cuando se habla de alma en sentido metafísico, ya se ha producido un cambio de motivo en la interpretación de las fuerzas interiores de defensa y afirmación. El concepto psyche implicaba la conversión de fuerza defensiva en conservación de forma: no en vano el primer atributo del alma en este régimen es el de “inmortal”. Una expresión a la que sólo se le aprecia en su justo valor cuando se escuchan resonar simultáneamente en ella connotaciones como “indeformable” o “incorruptible”. Provisto de esa cuota interior de estabilidad, el homo metaphysicus consiguió hacer frente a los riesgos existenciales de su condición mundana; más expansiva e intrépidamente de lo que jamás había logrado un animista en sus escaramuzas locales. Ésta es, pues, la prestación inmunológica de la forma psíquica bien entendida: poseer y dar inmortalidad. Sólo por ello ayuda a los individuos a conseguir superioridad sobre los escenarios de sus lazos relativos. Sea lo que sea con lo que se tope, siempre está en ella preformado y en cierto modo sabido de antemano; nada puede extrañarla ni herirla. Su contribución inmunológica consiste en que está antes de cualquier información, de cualquier invasión, de cualquier trauma: está liberada a priori de la presión del desarrollo, de sus avatares y entremezclamientos, de tener que rechazar o atraer a un posible enemigo, porque no puede sufrir nada de fuera de lo que no disponga ya en su propio programa” (Peter Sloterdijk. Esferas III).

La impresión, la forma, en las condiciones que nos atañen ya no será esa forma absoluta e inmaculada que gozaba de la posibilidad de amarrar cualquier línea de improvisación que se le enrostrare. No, ya no, muy por el contrario, la impresión actual, de llegar, llega ahí, EN el límite, justo ahí, para consignar pertinentemente una instancia que no podía más que llevar su nombre. No está más allá, inmune, del mundo, de sus escenarios, de sus relaciones con presiones relativas y de sus traumas, sino por el contrario, se compone en ellos y, de hecho, recibe de ellos su valor: “impresión libidinal, traumática y operoperformativa”. Asegurando, así, el desarrollo de la experiencia y no bloqueándolo, como podríamos suponer.

Hoy, más que nunca, la letra es una expresión de una experiencia, es su mera exposición, no la imposición hacia una. De hecho, lamento decirles, ya no podría serlo aún deseándolo, lo de imposición digo, ¿eh? La letra, es el efecto inmaterial preciso, efectivo, el valor sonoro único y específico de un proceso de creación, y no una causa espiritual originaria o última del universo, ni una causa narcisista absoluta o suturante de las relaciones identitarias. La letra, como la letra lacaniana, viene ahí a recordar lo insistentemente elaborado en el tiempo, lo persistentemente acontecido en el mundo de las relaciones erógenas y antropotécnicas. Lo que se va haciendo letra es chateado, audiovisualizado, digitalizado, hablado, discurrido, en definitiva, lo que deviene duración es “montado”. No ya aquella letra sólida, custodiada durante mucho pero mucho tiempo por los arcontes hermenéuticos de siempre, no, sino una “montaje conversacional, audiovisual, un montaje arquitectónico e ingenieril, un montaje quirúrgico y, al par, molecular, protegido y desarrollado, mantenido, por las múltiples inversiones libidinales acontecimentales”.

No obstante, escuchamos y sobreescuchamos lo siguiente: “el proceso habrá sido de una manera diferente a lo que consignamos de él; la experiencia se sustrae a la marca que de ella pueda hacerse; en fin, ninguna impresión es lo suficientemente precisa como para testimoniar efectivamente sobre lo vivido o experimentado, “es el imperio del proceso”.

¿Por qué tememos inscribir lo que hacemos? ¿Por qué custodiamos a nuestro quehacer de sus “efectivas impresiones”? ¿Se jugará en ello algo del miedo a la identidad, al testamento y a la última palabra? ¿Pensamos que de inscribirlo perdería índices de experimentalidad o de potencialidad? ¿Qué tipo de letra sería como para, de inscribirse, bloquear la producción deseante? ¿Qué tipo de registro e impresión ha realizado eso en el transcurso de nuestra historia como para presentarse eso hoy como un espectro indisolublemente asociado a cualquier impresión e inscripción? Por otra parte, si negamos el registro, el momento de inscripción, desvalorizamos si no denegamos con ello un momento locuaz sobre el proceso, del proceso y por él, inhibiendo, quizás, la posibilidad de replicación y recuperación si no de comunicación y difusión, es decir, de espaciotemporalización.

La guerra, por todo, parecería planteársele a la letra alfabética, a la escritura sacrosanta o sepulcral, testamentaria, que tenía la cualidad de soportar y reunir el saber existencial en su esencia. Pues, si no, no puedo llegar a comprender por qué habríamos de impedir la escritura de nuestro proceso de experimentación, por qué habríamos de inhibir cualquier intento de escrituración de nuestro desarrollo situacional.

03. Psiconomías libidinales:

Muchos de nosotros estamos atravesados por el psicoanálisis, por las prácticas de lectura, por las prácticas de escritura y por las prácticas clínicas de tenor psicoanalítico. Por ende, nos resistimos tajantemente a pensar las formaciones yoicas como algo concluyente e irreductibles; en realidad, nos resistimos a pensar cualquier formación que se quiera irreductible, atravesándole permanentemente la línea de extrañación que es la de “la relación que la habría o habrá constituido[1]”.

Por todo eso, y por haber llevado ese gesto analítico hasta sus últimas consecuencias, nos encontramos, no sin frecuencia, “buscando algún lugar seguro…algo que auspicie de refugio o de reposo, ¿yo qué ?”. Y esto ¿por qué? Porque de pensar las formaciones en función de la relación y de la improvisación no pocas veces caemos en “la impersonalización, o en la sensación de despersonalización”. La cosa se extrema tanto que llega un punto donde perdés los amarres y te preguntás: ¿quién soy? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo hago para existir sin el otro o para amarrarme sin sentirme asediado por su investidura? Las preguntas, como verán, son el efecto de experimentar con uno mismo, es decir, son preguntas por la delimitación, la conservación y la aniquilación de sí.

Ahora bien, ¿qué implica conservarse? Conservarse a sí mismo, como la frase lo indica, implica un gesto de manutención y crecimiento, un gesto económico, psiconómico, de conservación y atesoramiento, sin el cual lo producido se perdería en la inmediatez de su producción. Si partimos de condiciones de intemperie, tal como lo venimos haciendo, lo hacemos reconociendo, al par, que el ser humano no pervive sin abrigo, sin techo o sin oikos, sin una tendencia al abrigo, al techo o a la casa. Ahora bien, no hay abrigo, techo o casa que no se componga de regiones exteriores e interiores. En el exterior se produce, se siembre, se cultiva y se cosecha, mientras que en el interior se junta, se acumula y se conserva en pos de distribuir lo “abrigado” en el tiempo y para hacer uso en momentos oportunos. Es decir, para pensar un abrigo, un techo, una casa o un archivo es menester hacerlo a través de dos actividades: “una que produzca lo suficiente como para hacer entrar nuevos bienes a la casa, y otra que vaya distribuyendo y gestionando en el tiempo los diversos gastos o consumos”. Ambas funciones son absolutamente complementarias y la ausencia de una de ellas haría inútil a la otra:

“¿Qué se conservaría dentro si no habría preocupación alguna por hacer entrar provisiones de afuera? ¿Qué pasa cuando en el interior se abre paso un extranjero que le sentencia al yo que ya no será el dueño de su propia casa u oikos? ¿Qué hacer con esa “extimité”? En fin, ¿cómo vamos gestionando o capitalizando las vicisitudes de la relaciones, sus avatares, incluídas aún en aquello que creíamos lo más propio de lo personal e interno?”.

Arrastrar o arrastrarse por el humor, el afecto o la presión el otro de la relación, esa es la cuestión. Si el eje es el de la relación, la pregunta por el otro como alguien bien delimitado y localizado- por el “¿con quién trabajo o quién es mi interlocutor?”- queda a la zaga de la pregunta: “¿qué me pasa con esa situación y por qué me resisto a trabajar con eso o con ese en determinados momentos de mi existencia?”. Pregunta económica, o mejor, psiconómica, si las hay.


[1] Ver la película Teorema (1967), de Pier Paolo Pasolini. O la película Fantasmas (2007) de Christian Petzold.

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