El acontecimiento como exterioridad irreductible es un proceso que no incluye al deseo, lo hiere. Por ende, no veo por qué no escribir sobre él, aún indeseablemente.
Hasta aquí venía pensando el acontecimiento como algo posibilitador y novedoso, aquello imprevisible que irrumpe en la escena y aparentemente me encuentra sin herramientas para poder pensar. Ante esto no queda otra que la re-configuración de ciertas lógicas o estrategias de vida.
Pensarlo así parece poner en el acontecimiento una capacidad esencial propia de él, más allá de todo. Estoy tratando de pensar que, el acontecimiento, sí es un relampagueo, pero empiezo a poner énfasis no ya en lo novedoso sino en eso que me hace pensar. Y, así, girar por un momento la cabeza hacia atrás y pensar que ha dejado como diferencia lo que ha irrumpido.
El relampagueo es un momento que ilumina lo que le precede. Antes de su aparición, estaba oscuro. Estaba…obscuro. Un relampagueo es un zigzag en el espacio, que señala y, a la vez, altera el rumbo. Y todos sabemos que no hay relámpago sin estruendo, sin ruido.
Una de las cualidades del acontecimiento es ser siempre algo exógeno, que altera mi subjetividad, que penetra en mi campo, en mi territorio de existencia, y con él, el mecanismo subsiguiente es la de-limitación de mi campo, marca un límite en mi existencia, me demarca, me hace pensar, me suspende.
Podríamos pensar, entonces, cómo el acontecimiento- pensado como límite en el doble sentido- sirve para delimitar el campo de lo posible, de lo que puedo en este momento en este lugar, y cómo lo puedo:
“Tuvo que sucederme algo para que advirtiera cuáles son mis límites ante ciertas relaciones”.
Hay una intrusión pero con ello pego y/o armo un nuevo montaje. Así si algo se introduce es porque existe un límite. No hay un campo donde todo sea posible. Por ende, si hay un fenómeno que puede irrumpir desde afuera es porque hay un adentro.
La pregunta sería entonces:
“¿Qué es posible que suceda aquí y ahora? ¿Cómo?”.
Mariángeles Cuellas.
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